25 Noviembre 2016

Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. Marcos 10:29-30

En respuesta a un comentario previo de Pedro, Jesús nos contesta a todos lo que muchos necesitamos oír: “ser cristiano vale la pena”. Jesús acababa de dar a entender que el joven rico no podría entrar al reino de los cielos a menos que dejara de confiar en lo que tenía y empezara a confiar en Dios (por la simple razón de que ninguno de nosotros puede servir a dos señores).

Sin embargo, en la cultura de la época (así como en la actual), ser rico abría muchas puertas. Si un rico piadoso (que seguía la ley) no podría ser salvo, ¿qué esperanza tenían ellos?

Jesús, en su misericordia, les explica que la salvación viene de Dios y no de los hombres o sus logros, dando a entender un principio básico para nosotros: Dios es el autor de la salvación. De esa manera, como autor de esa salvación también es autor de todo lo que la salvación conlleva.

Dios nos da la salvación por su gracia y misericordia, pero también nos advierte del peligro de no cuidarla y nos habla de responsabilizarnos de lo que ser salvo significa. Junto con la fe, santidad y obediencia, Dios nos pide amor, misericordia y gracia para con otros. Sabe además que esta vida es la más difícil vivida por el hombre, pues atenta contra el estilo de vida del mundo y contra nuestra propia naturaleza egoísta y egocéntrica. Es por eso que Jesús nos asegura que vale la pena seguirlo.

Al andar por el sendero bíblico, tendremos que dejar en el camino ancho muchas cosas que nos agradan, y a mucha gente también, esta es una de las principales razones por las cuales muchos se alejan de Dios, no quieren pagar este precio. Pero todo lo que dejemos nos será recompensado en esta tierra, y sobre todo en la vida eterna. No estoy hablando de una prosperidad garantizada, pues el pasaje habla de personas y tierras, de compañía y de necesidades básicas.

Y algo que muchas veces ignoramos de este pasaje son las palabras “con persecución”. No nos gustan, no nos agradan y no las queremos para nosotros, sólo queremos el “cien veces más ahora en este tiempo” de aquello que perdimos. Jesús en repetidas ocasiones nos habla de eso, y nos advierte “en el mundo tendréis aflicción” y “les echarán mano, los perseguirán, los entregarán”, pero son cosas que pasamos por alto, que no queremos ver. No queremos sufrir por causa de nuestra fe, pero queremos recibir todos sus beneficios.

Así no funciona, como funciona es como dijo Cristo “en el mundo tendrán aflicción, pero confíen, yo he vencido al mundo”. Cristo venció al mundo en la cruz y en su resurrección, derrotando el poder más imbatible que existe de una vez y para siempre: la muerte. Es en su muerte en la que encontramos salvación, y en su resurrección en la que podemos poner nuestra esperanza.

Al final de cuentas en esta tierra tenemos la ayuda de Dios y su fortaleza para seguir adelante, pero “en el siglo venidero la vida eterna”. No sé cuál es su esperanza, pero esta es la mía.

24 Noviembre 2016

Buenos días, hoy meditaba en este versículo y quisiera compartirte lo que he aprendido.

Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! 1 Corintios 9:16

La responsabilidad principal del cristiano en la tierra es agradar a Dios, y para agradar a Dios debemos hacer dos cosas: 1) Vivir por fe y en santidad (pues “el justo por la fe vivirá y “amarás al Señor tu Dios con todo lo que eres”); 2) Predicar el evangelio y esparcir la buena noticia de su hijo (porque nos dijo: “Id por todo el mundo y predicar el evangelio” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”).

Es en este segundo punto donde hemos perdido más terreno, donde hemos hecho a un lado nuestra responsabilidad y donde hemos dejado de intentar. Vivir por fe implica todo el modo de vivir del cristiano, desde que se levanta hasta que duerme, en cada paso, decisión, acción emprendida, para con Dios y con los hombres. Predicar el evangelio es ir un poco más allá y convertirnos en mensajeros del evangelio que Dios nos envió a nosotros primero.

Predicar el evangelio es ir a dar tu vida por otros, tu tiempo y tu esfuerzo para dar a otros el urgente mensaje del peligro inminente en que se encuentran, y quiero que recuerdes algo, no es un consejo, o una opción, es un mandato tan vigente y tan necesario de cumplir como amar a Dios y a nuestro prójimo, pues estas dos son la razón de hacerlo. Sin embargo, no podremos hacerlo si primero no creemos nosotros mismos que nuestros vecinos y amigos se encuentran en un peligro inminente.

No es lo mismo saber que creer. Sabemos que usar el celular al manejar es peligroso, pero no lo creemos hasta que chocamos por estar usándolo. Antes de eso, lo sabemos, pero no creemos que nos pueda pasar a nosotros, somos un punto y aparte de todos los demás, más hábiles, mejores. Cuando chocamos, cuando un amigo muere en un accidente causado por un celular, es cuando empezamos a creerlo y cuando dejamos de usarlo.

De esa misma manera, sabemos que las personas que amamos van directamente al infierno y a la muerte eterna, pero no necesariamente lo creemos. De otra manera, tendríamos la urgente necesidad de advertirles de ese peligro y de hablarles de la única posibilidad que tienen de salvarse.

Pero no lo hacemos. Notemos la necesidad que Pablo tiene en este pasaje de predicar el evangelio y oremos para que nosotros la tengamos también. Él está defendiendo sus derechos de apóstol ante una iglesia de Corinto que le dio muchos dolores de cabeza, sin embargo, a pesar de no ser tratado y ayudado como es debido por el mismo cuerpo de Cristo, él no puede dejar de predicar el evangelio porque necesita predicarlo. Dios le dio esa encomienda, y ha puesto a Dios por encima de sus problemas, escasez, necesidad y resistencia. Le es imperativo obedecer el mandato de Dios y compartir su mensaje.

¿Lo es para nosotros? ¿Será que sabemos del peligro en que se encuentra el mundo, pero no lo creemos? ¿O será que sabemos lo que dice la Biblia pero no le creemos?

Seamos esforzados y valientes en cumplir lo que Dios nos ha mandado a través de su palabra y salgamos con fe y valentía al mundo a compartir el mensaje más maravilloso y sublime que jamás puedan escuchar… pero primero aprendamos a creer ese mensaje nosotros mismos.

18 Noviembre 2016

Buen día, quisiera compartirles esto.

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz. Jeremías 29:4-7

En esta carta escrita de Jeremías al pueblo por mandato de Dios (el pasaje, no el libro), Jeremías instruye al pueblo de Israel a que se asienten en la tierra de Babilonia a donde habían sido transportados, y no sólo eso, sino que oraran por ella para que Babilonia fuera una nación con paz en medio de un mundo asediado por las contantes guerras entre las potencias mundiales por tratar de conquistar el mayor territorio posible. Si Babilonia tenía paz, los israelitas que vivieran ahí no tendrían de qué preocuparse. Sin embargo, Dios les asegura que esto no sería para siempre, sino que duraría 70 años, después de los cuales podrían regresar a Israel.

Nuestra vida es justamente de esta manera. Dios tiene el control de todas las cosas que suceden, aún de las consecuencias que nosotros mismos acarreamos sobre nuestra vida por el pecado que hemos cometido (como el caso de la deportación a Babilonia por el pecado de Israel). Sin embargo, Dios le dice a su pueblo un poco más adelante “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de ustedes, pensamientos de paz y buenos para ustedes, no de mal ni de castigo eterno” (versículo 11). Dios estaba esperando que su pueblo confiara de tal manera en él que pudieran vivir su vida de manera cotidiana sabiendo que Dios les había dado una promesa y que fiel es el que promete. Dios en ningún momento les pide que se asienten definitivamente, sino que vivan con tranquilidad, como si estuvieran en Israel porque Dios estaba con ellos aún en Babilonia. En ese mismo contexto de confianza en Dios, también les pide que oren por Babilonia mientras ellos estuvieran ahí.

¿Cuántas veces hemos volteado a ver nuestras circunstancias y hemos sentido que estamos en apuros porque no sabemos cómo salir de ellas o qué debemos de hacer? Muchas de esas circunstancias son producto de nuestro pecado, y estamos conscientes de ello, por eso no podemos acercarnos a Dios para pedirle ayuda, para pedirle salvación, pues sabemos que le hemos fallado. Sin embargo, cuando tenemos este impulso imprudente de alejarnos de Dios en medio de nuestra circunstancia, se nos olvida quién es verdaderamente el Dios de la Biblia, y nos damos cuenta que nuestro pensamiento sobre quien es Dios es muy humano todavía.

Dios sabe de nuestra debilidad, sabe de nuestro pecado, y sabe de nuestra incapacidad para afrontar toda la consecuencia que nuestro propio pecado debe atraer a nuestra vida. Pero Dios es misericordioso y su gracia se manifiesta en nuestra vida a diario. Es por eso que Aún en medio de nuestras consecuencias y de cualquier situación, Dios nos da la salida. No es una salida inmediata, ni es una salida fácil. Es una salida que requiere fe. Es una promesa que requiere ver más allá. En el caso de Israel era la promesa de salir de Babilonia y regresar a su patria, en nuestro caso es la promesa de dejar de ser peregrinos y extranjeros e ir a la patria celestial, es la promesa de la vida eterna.

Ambas promesas son una vista al futuro, un ancla en la cual arraigar y afirmar nuestra mente y corazón, pero que requiere una vida de fe, una vida de confiar y obedecer a Dios no importa lo que pase. Para el israelita era difícil pensar siquiera en establecerse en otra nación que no fuera la tierra prometida, y mucho más el orar por aquellos que los habían sometido, y como un peso extra, que ese mandamiento viniera justamente de aquel que debía haberlos rescatado de la invasión. Pero nuestro Dios es un Dios soberano y sabio, y sabía que era necesario que el pueblo pasara por esto para que aprendiera que los pecados tienen consecuencias, y sobretodo, que aprendieran a creer en él en todo momento.

¿Qué hemos hecho nosotros en nuestras circunstancias? ¿Hemos confiado en Dios o hemos luchado a nuestra manera? ¿Hemos vivido de acuerdo a su Palabra o nos hemos resignado a lo que “nos tocó”? No es fácil confiar en Dios, pero sin fe es imposible agradar a ese mismo Dios que te ofrece una salida. ¿Prefieres lo no fácil o lo imposible?

28 Octubre 2016

Buenos días,

Hoy quisiera dejar este pasaje para que podamos meditar sobre él.

Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado. Salmo 119:49-50

Una esperanza es algo a lo que nos aferramos, una meta última que hace que todo lo que hacemos valga la pena. Es también un punto al que se puede estar anclado, sabiendo que no importará el tamaño de la tormenta que se levante a nuestro alrededor, no nos moveremos de ahí. Cuando esta esperanza se pierde, el camino pierde sentido, cuando la esperanza ha muerto entonces ha muerto también la motivación y la voluntad.

¿Dónde está tu esperanza? ¿Cuál es el objeto en el cuál esperas? ¿Qué esperas recibir cuando todo acabe? ¿Es Dios esa esperanza? Si no lo es, déjame decirte que ya perdiste. Inclusive aunque alcances tu meta, incluso aunque te hayas realizado, incluso aunque logres todas tus metas, incluso aunque seas feliz en la tierra. ¿Por qué digo esto con toda seguridad de ser cierto? Porque todo lo que existe, sobretodo todo lo humano, se acaba, todo tiene un final, cualquier meta que tengas, cualquier objetivo, cuando lo logres se acabará, cuando lo alcances ya no existe más. El que sea. Por otro lado, en el camino a alcanzarlos, las metas y objetivos pueden cambiar, pueden volverse más fáciles, más complicados, incluso más inalcanzables. Esas metas y objetivos cambian de una u otra manera, poco o mucho, todo de acuerdo a la subjetividad de nuestro entendimiento y capacidades. Todos ellos.

Sin embargo, Dios es eterno, Dios es inmutable, y así como él lo es, su Palabra dada a nosotros también lo es. Si ponemos nuestra esperanza en ese Dios y en lo que su Palabra dice, nuestra esperanza será inmutable y eterna. No se acabará aunque nuestra vida termine, no se acabará aunque la alcancemos. No cambiará aunque nosotros cambiemos, no cambiará aunque nuestras circunstancias cambien.

El salmista pide que Dios no se olvide de su Palabra que le ha prometido, no porque Dios pueda olvidarse de ella, sino porque en su angustia clama aquello que sabe que es imposible para afirmar la seguridad que representa la inmutabilidad de la Palabra de Dios. Le ruega a Dios que no vaya a cambiar, pues en ese Dios y en esa Palabra está su esperanza, y si Dios cambiara su esperanza se derrumbaría. Pero Dios no cambia, por lo que puede encontrar consuelo y vida en lo que Dios le ha dicho y en su Palabra.

¿Dónde has puesto tu esperanza hasta el día de hoy? Todavía estás a tiempo de cambiar el objeto y la persona de tu esperanza. Pero tú decides si quieres una esperanza finita y cambiante o una inmutable y eterna.

Dicen que la esperanza es lo último que muere, pero si Dios es tu esperanza ¿Cómo podría morir?

27 Octubre 2016

Buenos días,

Hoy quiero dejarles este pasaje para su reflexión.

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros. Filipenses 4:8-9

Si bien Pablo no era ni por asomo un hombre perfecto e intachable, él había reconocido que todo lo que él había logrado (ser un hombre perfecto ante la ley judía, no la de Dios, si no la de la tradición judía) era basura comparado con el conocimiento que ahora tenía de Cristo.

En este pasaje, Pablo estaba animando a los Filipenses a continuar su labor cristiana como hasta ahora habían hecho. Y dentro de este contexto, él se pone de ejemplo, no por ser perfecto, sino por la actitud que todos debemos tener en nuestro caminar con Dios, negarnos a nosotros cada día, tomar nuestra cruz y seguirle.

Él se pone de ejemplo, pero también sabe que el ejemplo perfecto es Cristo, como dice en el capítulo dos de esta misma carta. Y esa sigue siendo la exhortación primaria para la iglesia el día de hoy. Todo lo que hacemos lo debemos hacer como para el Señor, todo lo que hacemos debe tener el propósito de glorificar a Dios, todo lo que hacemos debe estar dirigido a que mengüemos nosotros y él crezca.

La recompensa que Pablo nos recuerda es que Dios estará con nosotros. Recordemos que Dios siempre apoya lo que va conforme a su voluntad y nunca aquello que sale de ella. Dios es soberano, y en esa soberanía nos permite escoger lo que hacemos día a día, esperando que decidamos obedecerle a él por amor. Cuándo esto sucede, él mismo está con nosotros, y con él, su paz. Nuestra vida viene a ser como la de un niño que va tomado de la mano de su papá, sabiendo que mientras papá esté ahí no hay nada que temer porque él está con nosostros. ¿Quiere paz en su vida? Obedezca a Dios y siga el ejemplo de Pablo, dejé todo por él, nieguese a sí mismo, tome su cruz cada día y siga a Cristo. La Cruz delante y el mundo atrás.

25 Octubre 2016

​Buen día,

El día de hoy quiero compartirles el siguiente versículo.

Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; Tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud. Salmo 143:10

Cuando uno lee el versículo individualmente, sin el contexto de todo el capítulo y la oración que David está haciendo, es fácil ver el sentido general de lo que está queriendo decir. Él quiere que Dios le enseñe lo que Dios mismo quiere para su vida, que quiere que David haga en ese momento. Y David da una razón en este versículo (además de las que da en el resto del capítulo) para pedirle esto a Dios: él quiere que Dios le enseñe a hacer su voluntad y lo guíe con su santo Espíritu precisamente porque Dios es su Dios. Él entiende perfectamente lo que Dios quiere de nosotros, no por despotismo sino por amor, y es que le sigamos y obedezcamos para que estemos protegidos bajo las alas del Omnipotente.

Sin embargo, cuando uno lee el resto del pasaje, las palabras de David adquieren aún un significado más profundo, pues son escritas en medio de una afrenta de sus enemigos contra él. Él está buscando que Dios no lo abandone en este momento de necesidad y de angustia, y en medio de la angustia, el entiende que no sólo debemos de buscar la protección de Dios y su consuelo, sino también su voluntad. Es por eso que él puede, en base a que está buscando la voluntad de Dios, confiar en que Dios va a cuidar de él y tener paz por eso.

¿Cuántas veces nos acercamos buscando en Dios consuelo y ayuda en medio de una situación de angustia, en medio del temor, en medio de la culpa, en medio de la impotencia? ¿Cuántas de esas veces le pedimos también que nos muestre su voluntad para que la hagamos y entonces podamos obtener lo que estamos buscando? ¿Cuántas veces nos enojamos con Dios por no recibir lo que le pedimos aún cuando ni siquiera hemos obedecido a lo que él pide de nosotros?

Recuerda esto, Dios es Dios y nosotros hombres. Él no es una máquina de deseos en donde se deposita una oración y se obtiene un resultado, tampoco es nuestro sirviente a quien le podamos chasquear los dedos o nuestro amigo con dinero a quien le podemos pedir favores, es un Padre que ayuda a su hijo, pero nunca deja su autoridad a un lado al hacerlo. Él es Dios y nosotros hombres, la comparación en sí misma es abismal, pero nuestro entendimiento orgulloso y egoísta ha rebajado a Dios y lo ha hecho nuestro igual, bueno, quizá un poco más, después de todo es Dios.

Siempre que necesitemos de él, él ha prometido estar para nosotros, él es fiel, pero más que fiel a nosotros, él es fiel a sí mismo y a su palabra, y en su palabra sus promesas tienen condicionante, la condicionante de la obediencia. Aún es capaz de darnos cosas y ayudarnos cuando no lo merecemos, es un Dios de gracia y misericordia; pero su gracia y misericordia para con nosotros siempre va de la mano de su soberana voluntad.

Acerquémonos a él, confiemos en él, pero busquemos primeramente su voluntad y justicia, y entonces todo lo demás nos vendrá por añadidura.

La Importancia del Fruto

Buen día,

Antes de empezar, quiero hacer una aclaración: Usaré algunos ejemplos, de situaciones que pasan en la iglesia y en la vida de sus congregantes, situaciones que no son exclusivas de su vida únicamente. Por otro lado, si se sienten aludidos, ¡qué bueno! Úsenlo para crecer porque quizá Dios les está hablando de manera particular.

El día de hoy quiero hablarles un poco de aquello que he tenido mucho en mi corazón y que compartí en una reunión de jóvenes en la iglesia en donde asisto. Originalmente esto iba a ser algo que iba a compartir en otro lado, pero Dios movió las cosas y me cambió lo que tenía. Por tanto, quisiera que pusiéramos esto en sus manos. Estoy seguro de que es algo muy necesario hoy para la iglesia, no sólo para mi iglesia. Pon atención, pues no importa si tienes un día o toda tu vida en el cristianismo, esto es algo de Dios para ti, de Dios para su pueblo. Por favor, tómalo en cuenta. Si vas empezando en esta vida, que te sirva para que afirmar tu vida; si llevas tiempo caminando junto a Dios, que te sirva para reflexionar en dónde estás en ese camino.

Acompáñame a Juan 15:8:

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Juan 15:8

Según este versículo, la forma en que podemos glorificar a Dios es llevando fruto, así que de eso quiero hablar con ustedes. Ahora, vamos a leer desde el versículo 1 hasta el 11. Luego saltemos al 16.

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. (…) No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Juan 15:1-11,16

El contexto de este pasaje es la enseñanza de Jesús acerca de la Vid Verdadera, un capítulo que no voy a explicar a profundidad, pero que ustedes pueden leer y estudiar en casa. Lo que aquí está diciendo es que Cristo es la Vid, el Padre es el labrador y nosotros somos los pámpanos de la vid. Si ustedes cuentan la cantidad de veces que la palabra permanecer aparece son 11, 10 de las cuales habla del fruto y una de la palabra de Dios, pero todas hablan de un esfuerzo que se debe hacer. Según el diccionario de la RAE, permanecer significa lo siguiente: Mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad. Cuando algo permanece en su lugar, en su estado o calidad es porque está preparado para soportar los factores externos e internos que pueden hacer que deje de hacer la función que desempeña o que se mueva del lugar donde está.

Leímos que llevar frutos agrada a Dios, pero vemos también en este pasaje lo que pasa cuando no los llevamos. El versículo dos nos dice “el que no lleva fruto será quitado, el que sí lleve fruto será limpiado”. El versículo 3 nos dice también que la palabra de Dios es la que nos limpia. Esto nos habla de que debemos obedecer y aplicar en nuestra vida diaria lo que vamos aprendiendo de la Biblia a través de las enseñanzas en la iglesia, nuestro estudio personal y otras formas que Dios utiliza para que cada día nos parezcamos más a Cristo y por consecuencia llevemos más frutos.

En el Salmo 1:3 podemos ver que el que se deleita en la ley de Dios, en su palabra, y que medita en ella de día y de noche, es decir, que la vive y la repasa, quien la estudia y trata de entenderla con un corazón sincero para aplicarla de acuerdo a lo que ella dice, dará fruto a su tiempo, y será como un árbol bueno, plantado junto a corrientes de agua, que representan la palabra, pues al igual que el agua al árbol, la palabra nos da los nutrientes necesarios para crecer y dar frutos y que nuestras hojas no caigan, es decir, que no seamos avergonzados por nuestras propias acciones. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará. Salmo 1:3. Ahora, en lo natural un árbol puede ser un árbol fuerte y tener ramas débiles o muertas en él. Uno puede encontrarse un árbol frondoso que, tras una inspección más detallada y cercana, revele dos o tres ramas pequeñas, marchitas y/o sin frutos ni hojas. Esas ramas están muertas y son una pequeña mancha en la perfección de ese árbol, son las ramas que se podan cuando el árbol es limpiado y cuidado por un jardinero experto. Así es nuestra vida, podemos llevar frutos de obediencia, pero seguramente todavía hay áreas en nuestra vida que no hemos entregado por completo al Señor y con las que seguimos batallando con nuestra carne. Eso es lo que va corrigiendo la Palabra en nosotros, hasta que ya no tengamos ramas muertas en nuestra vida.

En Lucas 13:6-9 vemos una parábola del dueño de una viña donde además de vides tenía una higuera que durante tres años esperó que diera fruto, pero no lo dio.

Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después. Lucas 13:6-9

El dueño quería quitar esa higuera que ni daba fruto ni permitía que otra planta diera al ocupar un pedazo de tierra que podría ser ocupada por algún otro árbol. Pero el que cuidaba la viña le pidió que esperara un año más, que él se iba a encargar de abonarla y cuidarla, de darle más atención y entonces deberían verse sus primeros frutos. Si no los daba, la higuera quedaría a disposición del dueño de la viña para que hiciese con ella lo que quisiera, y su intención era quitarla y usarla como leña.

Ahora leamos Mateo 7:15-20.

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. Mateo 7:15-20

Los árboles dan fruto según su género, así como Dios lo estableció desde la creación (Gen 1:11-12). Si quieres saber qué tipo de árbol tienes enfrente y no sabes nada de botánica lo único que tienes que hacer es ver el fruto que da, el fruto que ofrece. Jesús usa este ejemplo para hablar de nosotros. Nuestras obras, que son nuestro fruto, son del mismo género del que nosotros somos: si somos buenos, nuestras obras son buenas, si somos malos nuestras obras son malas. No podemos dar un fruto que no corresponde a nuestro género, y así como de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 4:43), también todo lo que hacemos lo sacamos de lo que guardamos en el corazón (Proverbios 23:7). Por esto es que Jesús dijo que lo que sale del hombre, y no lo que entra, es lo que nos contamina.

Vamos a Mateo 21:18-19.

Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. Mateo 21:18-19

Es el conocido pasaje en el que Jesús maldice una higuera y esta se seca. ¿Por qué la maldijo? Porque no tenía frutos, aunque en realidad no era tiempo de higos, como dice en otro evangelio. ¿Qué culpa tenía la higuera entonces de esto? Si no era tiempo de higos no se podía esperar que estuviera dando higos. Este pasaje nos habla de la religión y de como creemos con sinceridad que estamos bien con Dios por cumplir con ciertas normas y tradiciones, y esperamos que eventualmente cambiemos. Sin embargo, Cristo nos dice que vendrá como ladrón en la noche, sin avisar, que nadie sabe el día ni la noche en que vendrá. Por lo tanto nosotros debemos estar siempre preparados y con frutos (Lucas 18:8), para ser como las cinco vírgenes que sí tenían aceite y no como las cinco que no tenían creyendo que estaban bien sólo por traer la lámpara al venir a esperar al Esposo (Mateo 25:1-13). Pero una lámpara sin baterías, ¿de qué sirve? De nada.

Si pusimos atención en todos estos pasajes vemos que hay una advertencia muy severa y puntual para los árboles que no dan fruto, que luego vemos reflejada y resumida en palabras de Juan el bautista antes del bautizo de Jesús. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego. Lucas 3:9. El hacha ya está lista, y aquellos árboles que no dieron frutos serán cortados y echados al fuego, es decir, al infierno. Esa hacha representa el día del juicio, ese es el momento en que los árboles sin frutos serán cortados para siempre.

Dime, después de leer estos pasajes, ¿crees que sea importante tener fruto en nuestra vida? La respuesta obvia es sí, es extremadamente importante. De otra manera sufriremos el castigo eterno.

Ahora, según Juan 15, ¿qué tenemos que hacer para poder dar ese fruto? Permanecer en él. Si permanecemos en él llevaremos fruto y agradaremos al Padre que nos recogerá y guardará en sus bodegas. Si no permanecemos en él nada podremos hacer, no seremos nada, y no podremos llevar frutos, aunque lo intentemos.

Quiero que recuerdes que dijimos que para permanecer, un objeto debe tener cualidades y características que se lo permitan, ya sea por naturaleza o por preparación. Pero también, permanecer requiere esfuerzo. Si tú quieres permanecer agarrado a un toro mecánico, necesitas fuerza, habilidad y flexibilidad, y cuando el toro empieza a moverse necesitas esforzarte para no caer. Puedes tener todas las cualidades necesarias, pero si no las usas te vas a caer. Al toro no le importa si eres fuerte o no, igual va a intentar tirarte. Lo único que tienes para evitar caerte son tus habilidades y que tan buen uso haces de ellas.

En la vida cristiana es lo mismo. Cuando somos salvados por Cristo empieza un proceso de cambio en nuestra vida. Hay una regeneración en nosotros, un nuevo nacimiento en palabras de Cristo (Juan 3), y como dice Pablo, una nueva vida en Cristo, porque somos nuevas criaturas. 2 Corintios 5:16-17: De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Esto quiere decir que dejamos de ser lo que éramos antes y empezamos a ser una nueva persona. Pero para que esto se dé tenemos que destruir a la persona antigua, desintegrarla, que ya no esté. De otra manera, seguiremos peleando con dos naturalezas, una que quiere agradar a Dios en nuestra nueva vida y otra que quiere agradarnos a nosotros como siempre lo ha hecho.

¿Cómo es que opera este cambio en nosotros? Juan 15 nos da la respuesta, en el versículo 2 y 3. Si llevamos fruto, nos limpiará y llevaremos más fruto, y nos limpiará por medio de su palabra. El Salmo 119:9 nos dice lo mismo: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. El joven, y todo mundo, puede limpiar, purificar, enmendar, corregir el rumbo de su vida guardando la palabra de Dios. Esto se llama santificación. En Juan 17:17 Jesús ora para que seamos santificados en la verdad, y nos dice que la verdad es la palabra de Dios. Entre más conocemos de la palabra de Dios más le conocemos a él y su voluntad, y más queremos agradarle a él.

Sin embargo, esto no podemos hacerlo solos, y Dios lo sabe. Así que en esa Omnisciencia, nos dejó su Santo Espíritu para ayudarnos. En el encuentro entre Jesús y Nicodemo, en Juan 3, Jesús le explica a Nicodemo que nacemos de nuevo en Agua y Espíritu.

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (…) Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3:3,5

El agua representa la Palabra de Dios. El Espíritu es el Espíritu Consolador que Cristo prometió cuando se fue, y que habita en cada uno de nosotros cuando entregamos nuestra vida a Cristo. El Espíritu es la promesa de Dios cuando dice que él nos esforzará, es nuestro canal de comunicación con el Padre, es nuestra conciencia, es quien nos convence de pecado, es la ley de Dios en nuestro corazón, etc.

Estos dos elementos combinados logran ese cambio en nosotros, siempre y cuando se agregue un tercer elemento: nuestra voluntad de ser transformados, nuestra voluntad de permanecer en este camino de cambios, renovaciones y transformaciones sin importar lo que pase. En Romanos 12:1-2 Pablo dice algo muy interesante en cuanto a lo que se debe hacer.

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Romanos 12:1-2

Debemos entregarnos en sacrificio vivo a Dios, en un culto racional. Esto quiere decir que no se trata de un dogma, sino de un conocimiento entendido de lo que se hace. Por tanto, debemos de hacer conscientemente un sacrificio de nosotros mismos, matándonos para que podamos resucitar en Cristo, no como simbolismo, sino en el entendimiento de lo que esto significa. También nos ruega (con dolor causado por saber qué pasaría si no lo hacemos) no conformarnos (amoldarnos, hacernos a la forma de) a este mundo, si no que nos transformemos renovando nuestro entendimiento, es decir, como cambiemos la forma en que entendemos las cosas que nos rodean y nos pasan, y por ende, renovar también la forma en que actuamos, nuestra esencia misma.

Los verbos que se usan en este pasaje no son de carácter pasivo, es decir, que alguien nos hace sacrificio, que alguien nos transforma, que alguien nos renueva, sino que son de carácter activo, dando a entender que somos nosotros mismos los que tenemos que hacer estas cosas, entregarnos en sacrificio, transformarnos y renovar nuestro entendimiento. Esto requiere que nos movamos, que no seamos cristianos flojos, sino activos y dispuestos al cambio, cristianos que actúan y que no sólo piensan y/o dicen.

Permanecer en el pámpano requiere precisamente esto. Ser cristianos activos en la búsqueda de nuestra santificación. Ahora entendamos algo, nosotros no podemos santificarnos a nosotros mismos, pero si podemos obedecer activa y conscientemente la Palabra, y ella es la que nos santifica. Otra vez, no quiero que se malinterprete y que se piense que obtenemos la salvación por las obras que hacemos, sino que debemos entender que las obras que hacemos deben de reflejar que somos salvos.

Explico un poco. Efesios 2:10 nos dice que somos creados en Cristo para buenas obras, no creados en buenas obras para Cristo. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Primero somos transformados por medio de entregar nuestra vida a Cristo, y a partir de ahí hacemos buenas obras. ¿Cuáles son esas buenas obras? En la Biblia las buenas obras no se limitan a acciones buenas y morales en favor del otro, sino que abarcan todo aquello que agrada a Dios, en la intimidad o en público, para con él o para con los demás. Que no somos salvos por obras, aunque estas le agraden a Dios, está claro. Pero igual de claro debería ser que las obras son el reflejo de que somos salvos.

La parte difícil empieza cuando entendemos que debemos permanecer en esas obras, en esa obediencia a la palabra. La vida cristiana comienza cuando entregamos la vida a Cristo, y ahí sucede la primera transformación, recibimos al Espíritu Santo. A partir de ahí, sucede lo que dice en Tito 2:14, 3:8, 3:14.

Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. (…) Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. (…) Estas cosas son buenas y útiles a los hombres. Y aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad, para que no sean sin fruto. Tito 2:14; 3:8,14

Cristo murió en la cruz para que hagamos estas buenas obras, las obras que le agradan a él. ¿Por qué es necesario que las hagamos? Tito nos lo responde en este pasaje: esas obras son los frutos de nuestra salvación. ¿Qué pasa si no damos fruto? Somos cortados y echados al lago de fuego. ¿Entonces las obras sí son necesarias para salvarnos? No, son el reflejo de que somos salvos. El no tener estas obras en nuestra vida equivale a que Cristo no nos ha salvado. Las obras que agradan a Dios no salvan, sólo son la evidencia de que ya fuimos salvados.

La cuestión es la dificultad que representa permanecer firmes en esas buenas obras. Observa un árbol. Aunque un árbol este plantado junto a corriente de agua, que sea abonado, cuidado, podado, desinfectado y desplagado, ¿da frutos al día siguiente en que la semilla fue sembrada? No, sino que se lleva meses o años en que esto se logre. Si durante este tiempo se deja de abonar, de cuidar, el río se seca o ya no recibe agua, ¿dará frutos? No, por lo cual será cortado y utilizado para leña. No importa si la semilla era buena o si durante un tiempo recibió muchos cuidados y nutrientes, en cuanto estos dejen de llegar el fruto se verá invariablemente afectado.

Así también pasa en nuestra vida. Si dejamos de alimentarnos con la palabra, o dejamos de cuidar nuestra relación con el Padre, los nutrientes y cuidados que recibamos irán menguando poco a poco, hasta que dejen de llegar y entonces no podremos permanecer más en la vid. ¿Entonces la salvación se pierde? No, pero sí puede ser abandonada. En la Biblia puedes ver un montón ejemplos y advertencias contra la apostasía (el abandono de una fe). Si no pudiéramos abandonarla, ¿por qué se nos advertiría contra ello?

En la parábola del sembrador (Mateo 13:1-9) se nos explican la clase de cosas que pueden hacer que abandonemos nuestra fe, y todas ellas tienen que ver con nuestro corazón.

Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga. Mateo 13:1-9

De hecho, los cuatro tipos de tierra representan al mismo tiempo los corazones de todos los hombres respecto a la palabra y las etapas de un solo corazón que es llevado de la dureza a ser buena tierra. Un corazón como el camino es un corazón duro en el que la palabra ni siquiera ha entrado. Un corazón como las piedras desecha pronto lo que ha creído porque su fe es débil y no soporta las situaciones difíciles. Un corazón como el de los espinos, se deja engañar por lo que este mundo tiene para ofrecerle. Los dos últimos son en realidad los que me preocupan, ya que el primero no puede permanecer ni abandonar una fe en la que nunca estuvo. Por otro lado, las piedras y los espinos son gente que ha creído el evangelio, que está en las iglesias y que por un tiempo, poco o mucho, siguen el camino y las ordenanzas de Dios. Sin embargo, aunque conocen, han visto y son testigos de quien es Dios, les pasa lo que le pasó al pueblo de Israel, que viendo, oyendo y siguiendo la presencia misma de Dios en el desierto, abandonan la fe cuando viene un momento difícil o una abundancia que no esperaban.

La única semilla que dio fruto en la parábola fue la de la buena tierra, pero la buena tierra no es un terreno que ha sido perfecto desde el principio de la creación, sino un terreno que ha sido trabajado con yuntas, con pico, con pala, con azadón y con varas (hoy en día con tractores y demás herramientas tecnológicas). Es un terreno que no era perfecto, pero que su dueño fue trabajando hasta quitar las cosas que estorbaban para que la semilla creciera. Entiende algo, toda buena tierra primero tuvo piedras y espinas. La única forma en que tú y yo demos frutos es si nos dejamos limpiar por Dios, y esto sucede cuando nos dejamos ser trabajados por él. ¿Recuerdan con qué nos limpia? Con su palabra. Santiago dice en Santiago 1:21-22 que debemos ser hacedores de la palabra y no tan sólo oidores, pero para ello debemos primeramente recibir con mansedumbre esa palabra implantada en nosotros, pues es esa palabra la que puede salvar nuestras almas.

Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. (…) Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace. Santiago 1:21-22,25.

Esto quiere decir, primero cree (primero fe) y después, porque crees, actúa conforme a lo que crees. De otra manera, si no actúas conforme a lo que profesas entonces te engañas a ti mismo. El versículo 25 nos dice que si la leemos, y la hacemos, seremos bienaventurados. ¿Cómo no vamos a ser bienaventurados cuando el Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente Dios de amor nos ha atraído hacia él con lazos de amor y de misericordia?

Filipenses 4:13, ¿Qué dice ese versículo? Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. El principio que Pablo nos quiere dar a entender aquí es que cuando estamos en la voluntad de Dios, hacer todo lo que él nos pide es posible, que todo lo podremos hacer porque él nos lo pide y él nos respalda. Pero jamás va a aplicar esta verdad cuando la someto a mi voluntad y deseos y no a la voluntad de Dios.

Cuando aprendo esto, entonces puedo decir lo que dice en Romanos 8:37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Somos más que vencedores por medio de Dios. Pero especifica: “en todas estas cosas”. ¿Qué cosas? Tribulación, angustia, hambre, persecución, desnudez, peligro y espada, en estas cosas somos más que vencedores, ¿Tú eres más que vencedor en tu vida? ¿Has dejado lo malo que hacías antes? ¿Has vencido en eso? ¿Has vencido eso que a Dios no le agrada y has podido hacer lo que Dios te ha dicho que hagas?

La verdad es que muchas veces, cuando nos topamos con que Dios nos dice que hagamos algo, no podemos hacerlo. Somos derrotados por nuestra voluntad o por nuestra situación. Donde debimos vencer somos derrotados, y muchas veces arrastrados, aún en cosas muy pequeñas y sencillas.

Tenemos un buen celular y en lugar de usarlo para abrir la Biblia lo uso para abrir Facebook y aun pornografía incluso en la iglesia los domingos durante la exposición de la palabra. ¿Fuimos vencedores? Viene una separación sentimental que Dios no tenía en su corazón para nosotros y nos desmoronamos. ¿Vencimos? Dicen algo en nuestra contra y nos exaltamos en lugar de actuar con amor y paciencia. ¿Logramos ganar esa batalla? Se nos meten en el tráfico y los insultamos, nos ponen la direccional y no los dejamos pasar. ¿Ganamos actuando en amor? Nos quedamos sin trabajo y le reclamamos a Dios. ¿Ganamos la batalla? Muere alguien cercano a nosotros que amábamos con todo nuestro corazón y nos alejamos de Dios. ¿Fuimos victoriosos? Seguimos mintiendo y diciendo malas palabras porque “se nos salen” y robando, dando sobornos, siendo impuntuales, sin leer la palabra, sin orar, sin tener un devocional, pasamos más tiempo en redes sociales usándolas de manera imprudente y sin sabiduría que buscando a Dios, somos orgullosos, nos hacemos las víctimas, damos oído a malos consejos, fingimos que trabajamos porque fingen que nos pagan, seguimos oyendo música que no agrada a Dios, contando chistes rojos, nos enojamos con facilidad, perdemos la alegría rápidamente, somos agresivos e impacientes, nos acercamos a Dios sólo en situaciones difíciles o nos alejamos de él en ellas. ¿Seremos más que vencedores?

En Gálatas 3 y 4 Pablo viene hablando de la libertad que la ley de Dios nos puede dar a través de la Biblia, de su ley y de sus palabras en nuestra vida. Pero al finalizar las bondades de la ley de Dios, Pablo empieza a hablar de los peligros de volver voluntariamente a la esclavitud del pecado porque invariablemente, los de corazón como espinos y piedras abandonan su fe y vuelven a la esclavitud del pecado terminando en un lugar peor del que salieron. En el versículo 19 del capítulo 4 tú puedes ver que Pablo sufría, sufría tanto que lo comparaba con dolores de parto. ¿Qué lo hacía sufrir? Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros. El tratar de que Cristo sea formado en aquellos a los que les predicaba en Galacia, porque habiéndoles predicado y ellos habiendo creído se volvían a la esclavitud. No podemos dejar plenamente la esclavitud del pecado hasta que nos acerquemos a Dios buscando que Cristo sea formado en nosotros, pues ser más que vencedor requiere precisamente esto: somos más que vencedores por medio de Cristo, porque estamos actuando de la forma en que Cristo actuaba porque ha sido formado en nosotros.

¿Qué tan difícil ha sido tu vida? ¿Has tenido problemas serios y complicados? ¿Se te ha hecho casi inaguantable la vida? ¿Has pensado incluso en quitarte la vida? Yo conozco algunos que sí, y algunos que lo han hecho. Te pregunto: ¿vencieron? En Hebreos 12:1-4 se nos advierte que pongamos nuestra vista, nuestros ojos en Cristo, en aquello que está mucho más que lejos que todos nosotros.

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado. Hebreos 12:1-4

Porque llegará un momento en donde nuestra fe se verá probada, no necesariamente por Dios, sino también por nuestra concupiscencia, por nuestra debilidad o por nuestra falta de conocimiento de quien es Dios y su soberanía. Y nos ponen a Jesús como nuestro máximo ejemplo, que lo consideremos a él cuando estemos a punto de desmayar, de no continuar, de rendirnos, que lo consideremos a él cuando tuvo dinero, cuando tuvo pobreza, cuando vivió y cuando murió, que consideremos que siempre se mantuvo fiel al Padre sin importar lo que sucedió con y en su vida. Y se nos dice: resiste ahora, porque aún no ha estado tu vida en peligro. Si no resistes ahora en lo poco no podrás resistir cuando venga la prueba más difícil de todas: tu vida o Cristo.

Filipenses 2:5-9, Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.

Pablo nos dice aquí en Filipenses que en nosotros debe haber la misma disposición de Jesús a ser fiel al Padre hasta la muerte, y la muerte de más crueldad y vergüenza creada por el hombre hasta ese momento. Eso quiere decir que debemos ser fieles hasta que se nos acabe la vida, en todo tiempo, en todo lugar y en toda acción que hagamos, por más pequeña que sea.

¿Es difícil? Claro. La situación mundial es difícil, y no va a mejorar para los cristianos, al contrario, va a empeorar. Curiosamente, el mismo día que compartí este mensaje un domingo por la tarde, la iglesia recibía en la mañana un mensaje muy similar a este. Cada vez será más difícil ser cristiano, no solamente porque va en contra de lo que nosotros queremos ser y queremos hacer, sino que muy pronto ser cristiano significará ir en contra de las leyes de este mundo, lo cual significaría cárcel y aún muerte para muchos de nosotros. ¿Vas a ser más que vencedor en esto? ¿Todo lo podrás en Cristo que te fortalece? Si no vives tu vida para Cristo jamás vas a poder morir en su nombre.

Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, otra vez determina un día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se dijo: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones. Hebreos 4:6-7

No endurezcas tu corazón a la voz de Dios, obedécele, no pierdas la oportunidad que tienes hoy, mientras estás vivo, porque vivimos en una sociedad y en un estilo de vida en el que cualquier momento puede ser el último. ¿Qué pasará si decides que una palabra de Dios simplemente no es para ti? ¿O qué sí decides simplemente que no quieres hacerlo? ¿Si no eres capaz de reconocer tus errores y mucho menos de aceptarlos y menos aún de pedir perdón y corregirlos? Concretamente, el día en que el corazón del pueblo se endureció fue en Meriba, cuando pidieron agua y la exigieron con reclamos, no viendo de donde la obtendrían, cuando Dios les había dicho que los iba a cuidar y ellos habían visto muchas maravillas en el desierto. Su fe desapareció ante su necesidad y su actitud contra Dios cambió radicalmente de agradecimiento y confianza hacia él a enojo y frustración contra él.

No endurezcas tu corazón, porque si lo haces, no podrás vivir para él, y si no puedes vivir para Cristo, el día de la prueba, negarás a Cristo. ¿Qué pasa con los que niegan a Cristo? Mateo 10:33 dice: Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. ¿Cómo puedes negar a Cristo si nunca has dicho “Cristo, te niego”? De palabra y de hecho, es decir, con lo que dices y con lo que haces, con lo que piensas. Cada vez que te rindes, que te echas para atrás, y que tienes ganas de darte por perdido estás negando a Cristo, porque no estas creyendo en lo que él nos dice. ¿Quieres vivir una vida que te lleve a negar a Cristo aunque vengas a la iglesia? Entonces ríndete, deja de luchas por ser cristiano, haz lo que tú quieras y no hagas caso a lo que dice la Palabra de Dios.

¿Sabes dónde se ganan las grandes batallas? ¿Sabes dónde se obtienen las más difíciles victorias? En la intimidad con Dios humillándonos, derramando nuestro ser como alabastro para alabarlo, rindiendo todo lo que somos, bueno y malo, a sus pies, a su voluntad y a su soberanía.

Lee estos pasajes detenidamente.

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir. Mateo 25:13.

Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles. Lucas 12:37.

Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. 1 Tesalonicenses 5:6.

He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza. Apocalipsis 16:15.

Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos. Deuteronomio 4:9.

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Mateo 26:41.

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. 1 Corintios 10:12.

Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos. 1 Corintios 16:13.

Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias. Colosenses 4:2.

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. 1 Pedro 5:8.

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. (…) El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte. (…) El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe. (…) Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones. (…) El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles. (…)He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo. Apocalipsis 2:7,11,17,26; 3:5,11-12.

El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Apocalipsis 20:7.

Lo único que podemos entender de estos versículos es que si permanecemos con fe delante de nuestro Dios sabremos que nuestro Dios es galardonador con los que le buscan (Hebreos 11:6).

No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. Hebreos 10:35-39.

Tengamos paciencia, aguantemos hasta el final para obtener lo que Dios tiene para nosotros. Cristo viene un día, y aunque tarde mil años más, nuestra vida se acabará pronto. Vivamos pues por fe si hemos sido justificados por Dios, porque si dejamos de hacerlo, si retrocedemos, no agradaremos a Dios, y si no le agradamos ¿crees que nos dejará entrar a su presencia? Claro que no. Seamos aquellos que dicen esas palabras con las que termina este pasaje: No somos de los que retrocedemos, sino de los que tienen fe y viven por fe, así se preservará nuestra alma.

¿Qué haces tú? ¿Qué frutos estás dando?