¿Por qué oramos antes de cada alimento?

¡Hola!

La serie que estás leyendo a continuación tiene la intención de que razonemos las cosas que hacemos con más atención. Romanos 12:1 nos dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” Un culto racional (el presentarnos en sacrificio vivo, santo y agradable) implica que debemos saber porque hacemos lo que hacemos, y no sólo hacer las cosas por mandamientos enseñados por hombres, por costumbres, tradiciones, o dogmas.

La Biblia es cabal en su enseñanza, y nos da las razones necesarias para demostrarse a sí misma en todo lo que enseña. Si bien, no todo llegamos a entenderlo de inmediato, todo lo que necesitamos saber está ahí escrito, como un testimonio permanente dejado por Dios para redargüirnos y para nuestra enseñanza, corrección, e instrucción. Sin embargo, a veces hacemos caso omiso al consejo de Dios, ya sea por ignorancia, por holgazanería, por omisión, o por decisión propia, y esto es un gran peligro en la vida cristiana.

 

Todo lo que hacemos debemos hacerlo por fe, pues “el justo por la fe vivirá“. El propósito de estas reflexiones es justamente recapacitar en nuestra fe, en aspectos muy puntuales, buscando la profundidad de la palabra de Dios detrás de cada uno de ellos. Hablaremos de situaciones de la vida cotidiana, tan rutinarias que no nos detenemos a meditar en ellas, que se nos hacen tan comunes que las hacemos en automático y sin reparar en ellas. Todo a la luz de la Biblia, pues “la fe viene por el oír, y el oír la Palabra de Dios“, y como dice Pablo también: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,“. La Palabra nos guiará a la verdad en todo asunto de nuestra vida y al encontrar la verdad, nuestra fe aumentará.

 

Con esto en mente, quiero preguntarte: ¿Por qué oramos antes de cada alimento que tomamos?

 

Cuando somos niños, nuestros padres nos enseñan a orar antes de cada uno de los alimentos, nos enseñan a bendecirlos y nos enseñan a pedir por otros siervos de Dios en esa oración, ¿pero por qué? ¿En qué parte de la Biblia nos dice que debemos orar de esta manera antes de cada comida? Si lo que hacemos está basado en la Biblia, ¿en qué mandamiento se basa esta “tradición” (porque llega a eso) cristiana?

 

La Biblia no tiene un versículo que nos mande a hacer esto en cada alimento, aunque hay varias referencias, en ninguno se deja esta práctica establecida como una obligación dogmática. Veamos lo que dice y meditemos en ellos para entender lo que Dios nos enseña.

Hay varios ejemplos de cómo Jesús y algunos apóstoles oraron por los alimentos: el episodio de la alimentación de los 5,000 (Lucas 9:16-17) o el de la alimentación de los 4,000 (Mateo 15:35-37). También sucede en la última cena (1 Corintios 11:23-24) y con los discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24:30). Pablo lo hace en el barco que después naufragaría en su camino a Roma (Hechos 27:34-35). Pero en ninguna de estas ocasiones hay un mandato expreso de que tengamos que orar antes de cada alimento. Lo más cercano es ese hermoso modelo de oración que Jesús dejó, aquél que comúnmente llamamos “Padre Nuestro”, justo en Mateo 6:11 cuando dice “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.“, pero tampoco nos dice que lo hagamos justo antes de cada alimento. ¿Entonces, por qué lo hacemos? Algunos lo hacen por dogma, otros por tradición, algunos incluso sólo repiten las mismas palabras de siempre, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados pero con el corazón en el plato. Ninguna de estas maneras es correcta, pues nuestra fe no debe ser un “mandamiento enseñado por hombres” sino una respuesta de nuestro corazón a lo que Dios hace por nosotros. Otros lo hacen como una fórmula mágica para que el alimento no les haga daño, pero no es ningún amuleto de buena suerte o de protección, sino que debe ser nuestra forma de comunicación con Dios. Si estas no son las razones, ¿entonces por qué me es importante orar?

 

Sencillo, por lo que hay detrás de ésta acción. No se trata de la acción de orar simplemente, sino del corazón. Por ejemplo, cuando Pablo habla con Timoteo acerca de la apostasía en 1 Timoteo 4.4-5, le dice que habrá hombres que prohibirán comer (como si fuera mandamiento de Dios para santificación o salvación) ciertos alimentos porque son “malos” o “impuros”, sin embargo, le enseña también que todo alimento fue creado por Dios originalmente, y que nada que venga de Dios puede ser malo, por lo tanto, podemos comer de todo, con una condición: que lo hagamos con acción de gracias. Aquí está el corazón de este asunto. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, se debe a Dios. Él ha provisto el trabajo como medio de sustento, y ha permitido el desarrollo de los productos que consumimos, incluyendo los alimentos. Todo alimento tiene su origen en la creación de Dios, y como tal, todo lo que comemos ha sido provisto por Dios. Toda fuerza que hay en nuestro cuerpo se debe a también a la providencia de Dios y a su voluntad. De esta manera, tanto el medio de sustento, las fuerzas para trabajar por él, como el sustento mismo vienen de parte de Dios (Génesis 1:29, 9:3; Eclesiastés 5:18-19).

 

Como dijimos antes, el justo debe vivir por fe (así lo diseñó Dios), ¿pero cómo vivo por fe al orar por los alimentos? Es muy sencillo, y la respuesta la encontramos en Timoteo y en otros versículos. Cada vez que oramos para agradecer por los alimentos, debemos entender que no es un dogma o una obligación hacer esa oración, sino un ejercicio de fe y de agradecimiento. Cuando oramos, ponemos nuestra fe en Dios, de una manera u otra. El simple hecho de orar es creer que hay un Dios que me escucha cuando hablo y que no me abandona cuando lo busco. Pablo dice en 1 Tesalonicenses 5:17-18 que debemos de orar sin cesar y de ser agradecidos. Ambas cosas siempre van de la mano, aún en momentos de necesidad, nuestro agradecimiento por lo que tenemos y su cuidado es como olor fragante al Padre. Pero no se trata de agachar la cabeza todo el día o de decir gracias verbalmente, sino de vivir una vida en actitud de oración y agradecimiento por lo que Jesús hizo en la cruz por nosotros y sus consecuencias en nuestra vida (salvación, cuidado del Padre, misericordia, bendiciones, correcciones, etc.), pues “esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús“. No podemos estar todo el día físicamente orando, pues no podríamos cumplir con todo lo que el Padre nos pide acerca de nuestra vida en la tierra y la predicación de su evangelio, sino que se trata de vivir toda la vida en comunión constante con el Padre. De esta misma manera, también hay que estar agradecidos en todo momento y con cada cosa que Dios nos da.

 

Quisiera desarrollar un poco más la idea de vivir en fe y vivir agradecidos.

 

Vivir en fe significa confiar en que Dios dará cada día el pan que comeremos y la ropa que vestiremos. Jesús dijo que si buscamos hacer la voluntad de Dios, Dios nos daría lo que necesitamos, que no tendremos que preocuparnos por mañana, porque nuestro Padre es omnipotente, justo y amoroso (Mateo 6). La Biblia nos enseña también que el que trabaja es digno de su salario, y que comer de lo ganado justamente es un regalo de Dios (Eclesiastés 2:24), así como que el que no trabaja, no coma (2 Tesalonicenses 3:10). En otras palabras, ocupémonos del Señor y el Señor se ocupará de nosotros; esto es vivir en fe. Pero esto no es sólo en cuestión de la comida, sino con cada versículo, con cada capítulo y con cada libro de la Biblia, pues “el que dijo no matarás, también dijo no adulterarás“, es decir, todo lo que la Biblia dice es Palabra de Dios, y así como confiamos nuestro sustento en él, toda nuestra vida se guía con la luz de la Palabra.

 

Ahora, vivir agradecidos significa que reconocemos que Dios cada día suplirá lo que nos haga falta, y también que cada vez que lo haga, reconozcamos que él es quien provee nuestro trabajo, fuerzas y sustento, dando gracias con gozo por su sustento. Y esto no es sólo en la comida, sino en cada situación de nuestra vida. En Efesios 5:20, después de que Pablo nos exhorta a ser como Cristo, nos dice que también debemos dar gracias a Dios en todo, pues todo lo que sucede en nuestra vida es para nuestra edificación y por nuestro bien (Romanos 8:28), aunque a veces sea difícil entenderlo en un primer momento. De esta manera, lo que tenemos y lo que hagamos, así como lo que sucede en nuestra vida, es motivo de agradecimiento a Dios. En Romanos 14 Pablo usa la comida como ejemplo para enseñar acerca de la libertad que tenemos en Cristo, y nos recalca en el versículo 6 que no importa si comemos o no, o lo que haya en la mesa, todo viene de parte de Dios y es motivo de dar gracias.

 

Justamente, la combinación de estos dos conceptos es lo que hay detrás de “el pan nuestro de cada día dánoslo hoy” en la oración del Padre Nuestro.

 

Sin embargo, no llegamos a esto de la noche a la mañana, sino que es un proceso de maduración y entendimiento del propósito de Dios en nuestra vida y del desarrollo de la fe en nuestro corazón. Colosenses 3 nos enseña que primero debemos de poner nuestra vista en las cosas de arriba, para que, con los ojos puestos en Jesús, podamos despojarnos de lo que éramos antes y cambiemos nuestra naturaleza por la naturaleza de Dios, y con esta nueva naturaleza, podamos ser agradecidos (v.15) y hagamos todo de corazón en el nombre de Jesús, es decir, buscando la gloria del Padre (v.17 y 23). Cuando hayamos andado un tiempo en este camino, entonces podremos ser menos como nosotros y más como Cristo, y en lugar de quejarnos por lo que no tenemos o incluso dar gracias sólo por lo que recibimos, podremos hacer como Job, que dio gracias y alabó a Dios cuando permitió que le quitaran todo (Job 1:21). Estemos contentos con lo que tenemos, Dios sabe lo que necesitamos y nos eso es lo que nos da (1 Timoteo 6:6-8).

 

Entonces, orar antes de cada alimento es una acción vana si no va acompañada del corazón agradecido y confiado. 1 Corintios 10:31 nos dice que si comemos o bebemos, o hacemos cualquier cosa en nuestra vida, todo debe hacerse para la gloria de Dios. No sirve de nada si oramos en público para ser vistos si nuestra vida privada está lejos de Dios. Por ejemplo, Cristo nos enseñó que para orar, nos encerráramos en nuestra habitación para hacerlo en privado (Mateo 6:5-6), pues el hombre que ora en privado tiene una relación íntima con el Señor. Sin embargo, oramos en público para que la gente piense que soy bueno, para presumir, o incluso para que no vean lo que hay detrás de mi careta de cristiano, la distancia que he dejado crecer entre mi espíritu y el Espíritu de Dios. Repetimos la misma fórmula de oración en cada comida creyendo que es suficiente pues: “Dios conoce mi corazón”, sin meditar realmente en lo que oramos, en lo que queremos decirle a Dios con esa oración. Lo hacemos mecánicamente, para que nos vean, y no para dar gloria a Dios (Mateo 6:7). Esas oraciones no agradan a Dios, y por lo tanto, ni siquiera son oídas. En cambio, si en mi diario vivir obedezco a Dios, tengo fe en él, le honro, busco la santidad y la justicia, y tengo una comunión íntegra con él, entonces, aunque no ore en público al momento de ingerir alimentos, mi vida de oración y mi espíritu están en constante comunión con él, agradeciendo cada bocado que doy y reconociendo que es por su gracia que hoy tengo y mañana tendré también.

 

En conclusión, la oración no es una fórmula mágica para santificar los alimentos o bendecirlos, pues el pan permanece pan y el agua permanece agua. No es tampoco obligatorio orar antes de cada alimento que consumimos. Sin embargo, es un ejercicio de agradecimiento y fe en Dios, no sólo por el alimento, sino por todo en nuestra vida. Lo hago por seguir el ejemplo de Cristo, aunque no haya un mandato expreso de este punto en particular. Es una forma de mantener un corazón agradecido y humilde ante Dios, reconociendo y recordando que él es el que nos da la provisión, el trabajo y la fuerza. Pero no sólo lo hago antes de comer, sino que vivo una vida de oración, agradeciendo a Dios cada instante de mi vida por cada cosa que me da, que me quita, que permite o que no permite, pues he aprendido a poner toda mi confianza en él y a vivir por fe. No se trata entonces de orar antes de cada comida, sino de vivir agradecidos y confiados en Dios.

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10 Enero 2018

Si Jehová no edificare la casa,

En vano trabajan los que la edifican;

Si Jehová no guardare la ciudad,

En vano vela la guardia.

Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar,

Y que comáis pan de dolores;

Pues que a su amado dará Dios el sueño.

Salmo 127:1-2

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Para qué lo hacemos?

Solemos hacer las cosas para nuestro propio beneficio, de una u otra manera todo lo que hacemos redunda en nosotros. No importa lo que sea, si comemos, trabajamos, paseamos, despertamos, robamos, damos, decimos la verdad o mentimos… el centro de todo somos nosotros.

Sin embargo, la Biblia es muy clara en un punto en particular, si lo que hacemos no tiene el respaldo de Jehová, lo hacemos en vano. En la vida natural, hay ciertas reglas que se cumplen para todos, sin importar nuestra fe: el sol sale para todos, el agua es necesaria para todos, la lluvia cae sobre todos y el esfuerzo trae recompensa a todos. Pero al final de cuenta, todo ese esfuerzo no trasciende, no llega más allá, no es eterno. No importa lo que sea, su impacto o duración, es en vano. Puedo trabajar muy duro y conseguir una pequeña fortuna y vivir bien el resto de mis días, puedo ser muy buena persona y ayudar a otros, puedo incluso trabajar incansablemente en el servicio dentro de la iglesia, y puedo hacer estas cosas toda mi vida, pero si Jehová no las respalda no durarán. Al momento en que muramos, lo que hayamos logrado morirá con nosotros y nuestras posesiones se quedarán en manos de otros. Incluso si causamos algún impacto que dure por años después de nuestra muerte, eventualmente todo acabará y todo se olvidará. Esa es la naturaleza de las cosas alejadas de Dios.

Está, por supuesto, la otra parte de esta moneda. Puedo esforzarme y no lograr nada, puedo ser bueno y no cosechar nada, puedo intentar e intentar y no conseguir nada. ¿Por qué? Porque Dios está queriendo llamar tu atención, quiere que lo voltees a ver, que confíes en él y no en ti, que tu fe esté en él y no en tus fuerzas. Te quiere cerca de él, y quiere enseñarte que el justo vive por fe, no por fuerza.

Sin embargo, cuando lo que hacemos lo hacemos con el respaldo de Jehová, no importa lo pequeño que sea, no importa lo fugaz que sea, no importa lo fútil que parezca, todo lo que hagamos para el Señor es eterno, es permanente, trasciende la eternidad. De una manera u otra, lo que hacemos para el Señor redunda en que el Señor se lleve la gloria, él es eterno, y su gloria también. Puede que lo que yo haga gané un alma para Cristo, puede que edifique un espíritu, puede que sustente una necesidad terrenal, todo eso tiene recompensa eterna. No lo hacemos por la recompensa, pero nuestro Dios es galardonador de los que le obedecen y lo buscan. En lo secreto o públicamente, el vivir bajo sus alas nos garantiza su respaldo, para que lo que hagamos, tenga eco en la eternidad. Si yo me encargo de las cosas que el Señor me ha mandado, el Señor se encargará de mí y podré dormir confiado, podré descansar en medio de la adversidad, podré tener paz en la tormenta y confianza en la abundancia, y sobre todo, tendré la esperanza en la que he creído, que el Señor Jesús es mi Salvador, y que lo que pase en esta vida temporal es el plan de Dios para llevarme a su lado por la eternidad.

28 Octubre 2016

Porque ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. 1 Corintios 2:16

Yo no puedo conocer a Dios, y jamás podré hacerlo. Él lo dejó muy en claro cuando Job fue convencido de su propia ignorancia comparado con Dios. Pero eso no debería preocuparme ni ser un obstáculo para seguir a Dios con todo mi corazón y fidelidad.

¿Cómo puedo seguir a alguien o algo que no conozco? Eso se llama fanatismo y tradición, en otras palabras, es sólo es una religión. Sin embargo, el cristiano religioso es un lastre para la verdadera iglesia de Dios, pues da una imagen errónea al mundo de lo que verdaderamente significa seguir a Cristo.

¿Entonces cómo funciona? Si no puedo entenderlo y tampoco debo seguirlo sin hacerlo, ¿significa que el cristianismo es una paradoja?

No, es en realidad muy sencillo. Todo el pasaje de Corintios nos lo explica. Yo no puedo conocer a Dios usando mi propio razonamiento, mi lógica, mi mente. Dios es tan grande que es inefable e inescrutable. No puedo ni siquiera entender más allá del concepto de que tiene que haber algo más allá de nosotros que rija sobre todo lo creado.

Sin embargo, los que seguimos a Cristo vivimos y andamos por fe, no por vista. La mente humana reacciona a los sentidos, los cinco, que nos ayudan a percibir el mundo y situaciones que nos rodean, eso es vista. Pero la mente del que sigue a Dios tiene un extra, algo puesto ahí por el Señor cuando creemos en él, su Espíritu Santo.

Ese Espíritu nos ayuda a entender lo que Dios es porque es Dios mismo. ¿Quién mejor que el autor para explicar el significado de su obra? La Biblia, la voluntad del Señor misma, no puede ser entendida más que a través del Señor mismo. La fe me da entrada a ese entendimiento que de otra manera no podría alcanzar. Por eso, el que yo no sea capaz de entender a Dios por mí mismo no debería preocuparme, porque el justo vive por fe, no por vista. Mi incapacidad se ve suplida por la omnipotencia de Dios, y mi debilidad por su fuerza. Mi falta de conocimiento no es obstáculo para que su Espíritu me enseñe y guíe, eso significa tener la mente de Cristo.

Entonces, no ser capaz de entender a Dios no significa que no pueda seguirlo, porque yo ando por fe y su Espíritu me guía hacia su voluntad. Esa es la maravilla de nuestra fe, que Dios escogió a los débiles, a los torpes, y a los necios (de los cuales yo soy uno) y les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

27 Octubre 2017

Buenos días, recuerda lo que dijo Cristo en Juan.

Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: Juan 14.15-16

Amar a Dios significa obedecerlo. Pero no siempre obedecemos por amor. ¿Qué quiero decir? Bueno, es sencillo en realidad. Nosotros deberíamos obedecer a Dios como respuesta a lo que él ha hecho por nosotros. Él nos amó primero y siendo aún pecadores, su Hijo murió en nuestro lugar, pagando la sentencia de muerte que pendía sobre nuestras cabezas. Como respuesta de alguien que sabe que ha sido rescatado de un lugar sin esperanza, ese alguien ama y agradece y hace todo lo que puede para agradar a quién lo salvó. No me importará si a mí me cuesta sacrificarme por alguien que sacrificó su vida misma por mí, y aún mi entrada al infierno.

Sin embargo, hoy muchos obedecen a Dios por mandatos enseñados por hombres, es decir, porque sus papás y abuelitos así les enseñaron. No reconocen su necesidad de un salvador en realidad, y aunque entienden el concepto, su vida no la ven tan mal como para necesitar ser rescatados. Al fin y al cabo, siempre han sido cristianos, siempre han ido a la iglesia, siempre han estado en el coro o sirviendo, ¿por qué Cristo tendría que salvar a alguien que siempre ha sido bueno y le ha servido?

A veces es sólo costumbre, es lo que siempre han hecho, no conocen otra cosa, así los educaron y así viven el resto de sus vidas. Nunca tienen un verdadero encuentro con Cristo y sus pecados se mantienen ocultos en sus corazones. Su vida nunca es transformada por el poder de la verdad central del evangelio, que Cristo vino a rescatar a los que se habían perdido. Viven una vida cristiana sin ser realmente cristianos, obedecen los mandatos por costumbre, no por amor, no por agradecimiento, sin fe.

A Dios no le interesa la obediencia sin fe y sin amor. No quiere sirvientes, quiere hijos que le sirvan. No quiere esclavos, quiere siervos que se queden con él por amor, un amor que nace del trato justo, bueno y sabio del Señor. A los que le sirven así, los convierte en sus hijos, hijos que obedecen a su Padre por amor, pues es un Padre que quiere cosas buenas, agradables y perfectas para sus hijos.

Ahora, de estar metido en la inmundicia del pecado, esperando mi turno para recibir el castigo que merecía, pasé a ser siervo del Señor que me salvó pagando con la vida de su Hijo el precio de mi libertad. Y de siervo, ahora soy hijo, y no sólo eso, sino coheredero de las promesas que él ha dejado por escrito para sus hijos. Y como adicional, me dejó al cuidado del Consolador, parte de él mismo, para que me guíe, para que me dé su sabiduría, para que me pueda estar en comunión con él, en línea directa y sin intermediarios.

Yo creo que este es el mejor trato que he hecho. Mi vida por la vida eterna que él me ofrece. La inmundicia y desperdicio de mi vida de pecado, por una vida digna de estar en su presencia, limpia y perfeccionada. Y esto no por mí, sino por el amor que él me tuvo primero a mí y por su obra en la cruz a mi favor.

¿Cómo no amar a quién me amó primero? Y no de palabra, sino de hecho.

19 Octubre 2017

¿Quieres vivir eternamente o quieres vivir en la eternidad?

El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. Mateo 10:39

Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará. Lucas 17:33

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Juan 12:25

Nuestra vida es importante para nosotros porque… pues es nuestra. Tenemos la idea de que por ser nuestra podemos hacer con ella lo que queramos, y no estaríamos tan errados si no fuera porque hemos perdido completamente el sentido de ella.

Creemos que la vida es para disfrutarla, para ser feliz, para encontrarse a uno mismo. Sentimos que la vida debe vivirse al máximo de manera subjetiva, es decir, cada quien debe hacer lo que lo haga feliz. Podemos incluso tomar la opción de buscar la felicidad en otros, en ayudarlos, en tenerlos cerca. Son cosas que son de buen ver a nuestro corazón, sin embargo, una y otra vez, y en la vida de todos aquellos que han decido estos caminos, encontramos que siempre falta algo. Solemos vivir vidas egocéntricas, aún ayudamos a otros para sentirnos bien en nuestro interior. Si algo no es conforme a nuestra opinión o juicio, es algo malo, si algo me dice que estoy mal, es algo aún peor. quiero crecer, pero quiero crecer a mi ritmo y hacia donde yo quiero. Ya tengo metas, y si algo me impide obtenerlas, me frustro o me enojo, me deprimo. Vivimos con verdades relativas y subjetivas, sin acordarnos de una verdad absoluta “la verdad permanece verdad aunque nadie la crea”.

Sin embargo, la Biblia me enseña una verdad diferente. Si yo quiero vivir para mí, entonces moriré y perderé esa vida que estoy empeñado en cuidar y sacar adelante. Si, en cambio, decido perderla, desecharla por una vida mejor, entonces tendré una recompensa eterna. La cosa es así: si yo decido vivir en esta vida para mí, aquí tendré mi recompensa, y en la eternidad sólo me queda el castigo de mi pecado; en cambio, si decido vivir de acuerdo a los lineamientos bíblicos y cristo-céntricamente, mi vida aquí será un desperdicio (en los estándares del mismo mundo), pero obtendré la vida eterna que el Padre ofrece a sus hijos obedientes.

Seguir a Cristo debe provocar que yo muera a mí mismo, e incluso puede provocar que me maten por ello. Seguir a Cristo debe hacer que yo desprecie lo que el mundo me ofrece, porque he encontrado algo mejor. Perder mi vida por Cristo me hace digno ante el Padre de recibir vida en Cristo. Desechar mi vida terrenal me hará tener una vida eterna.

Nuestra esperanza no es tener una mejor vida ahora, sino tener vida eterna cuando estemos en su presencia. Cualquiera que te diga otra cosa, te engaña, o no ha entendido lo que la vida significa en realidad. Vivimos una vida prestada, no propia, y nos van a pedir cuenta de lo que hacemos con ella.

11 Enero 2017

Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, Y levántate de los muertos, Y te alumbrará Cristo. Efesios 5:14

Hace muchos años, leí un pequeño libro/tratado evangelístico llamado “¿Por qué no hay avivamiento?”. Hoy en día, la iglesia, y el mundo, siguen haciéndose la misma pregunta: ¿por qué no hay avivamiento?

Yo he querido desde entonces ser parte de ese avivamiento, pero Iglesia, entiende esto: el avivamiento no es en la Iglesia ni por arte de magia, sino en cada uno de nosotros a través de una vida de fe y obediencia, y amor por Dios y su Palabra.

No ha habido avivamiento porque la Iglesia es desidiosa; no ha habido avivamiento porque la Iglesia no quiere comprometerse con Dios; no ha habido avivamiento porque la Iglesia no quiere obedecer la Palabra en su totalidad; no ha habido avivamiento porque la Iglesia se ha dejado seducir por doctrinas plagadas de hedonismo y humanismo; no ha habido avivamiento porque hemos cambiado al Señor por nuestros ídolos del Señor; no ha habido avivamiento porque en nuestra prioridad no está Dios; no ha habido avivamiento porque no queremos vivir por fe; no ha habido avivamiento porque somos flojos para estudiar; no ha habido avivamiento porque hemos permitido a falsos maestros y profetas que tomen el control de la Iglesia; no ha habido avivamiento porque no hemos salido a predicar el evangelio; no ha habido avivamiento porque somos cobardes; no ha habido avivamiento porque predicamos con imágenes bonitas en redes sociales y no de boca en boca y con la Biblia en la mano; no ha habido avivamiento porque la unidad de la Iglesia se ha perdido; no ha habido avivamiento porque el amor ha dejado de reinar en el corazón de la Iglesia; no ha habido avivamiento porque en el altar de nuestro corazón está cualquier cosa menos Dios; no ha habido avivamiento porque nos hemos puesto por encima de Dios; no ha habido avivamiento porque primero soy yo y después mis hermanos; no ha habido avivamiento porque nos acercamos a Dios sólo cuando tenemos problemas o necesidades; no ha habido avivamiento porque tratamos a Dios como alguien que merece conocernos en lugar de darnos cuenta que él es el Dios del Universo y nosotros criaturas de sus manos; no ha habido avivamiento porque creemos que podemos hacer lo que queramos en lugar de recordar que Dios es un Dios Omnipotente, Omnisciente, Omnipresente delante del que debemos dar cuentas; no ha habido avivamiento porque la Iglesia ha dejado de ser Iglesia para convertirse en un club social.

Queremos que el Señor avive a la iglesia para que cuando la iglesia sea avivada a mí también me toque, queremos que su Espíritu descienda sobre la iglesia para que yo, estando ahí, también reciba ese Espíritu, queremos que la iglesia despierte para que nos levante a nosotros que dormimos… pero así no es. El avivamiento empieza en ti, no en la Iglesia, en tu casa, no en el Templo, en tu obediencia, no en el derramamiento del Espíritu.

La Iglesia está dormida y quiere despertar, pero quiere que otros despierten primero, que otros tomen la iniciativa, que otros sean los avivados y yo ir con la corriente. Nadie quiere ser el que despierte a todos, nadie quiere hacer el sacrificio de orar y leer la Palabra diariamente, nadie quiere vivir cien por ciento de acuerdo a las Escrituras, nadie quiere engarse a sí mismo, tomar su cruz cada día y seguir al Maestro.

Queremos que el avivamiento pase en la Iglesia, no en nosotros. Queremos que el Espíritu se derrame en la Iglesia y que por consecuencia en nosotros también. Queremos que la Iglesia se levante para ser parte de un movimiento que puede cambiar el mundo. Lo que no queremos es despertarnos temprano a orar, lo que no queremos es tener un tiempo diario de estudio de la Palabra, lo que no queremos es obedecer la Escritura, lo que no queremos es dejar de vivir para nuestra carne, lo que no queremos es dejarnos usar por Dios para hacer su voluntad.

La Iglesia quiere un avivamiento, el mundo necesita uno, ¿qué tan dispuesto estás de ser tú el causante de ese avivamiento en tu trabajo, en tu escuela, en tu familia, en tu colonia o barrio? ¿Qué tan dispuesto estás a ser como Cristo para que el mundo le conozca a él y no a ti? ¿Qué tan dispuesta estás a dejarte usar por el Espíritu? ¿Qué tan dispuestos estamos a dejar de ser nosotros para convertirnos en verdaderos hijos de Dios?

27 Diciembre 2016

¿Ser cristiano me permite hacer lo que yo quiera sin preocuparme de las consecuencias? ¿Puedo ejercer mi “Libertad en Cristo” de manera discrecional?

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Romanos 8:1-2

Según el versículo anterior la respuesta es no. Es simple, no tenemos condenación cuando estamos en Cristo, pero estar en Cristo no significa lo que muchos creen que significa. He ahí el mayor problema, definir qué significa estar en Cristo. Y digo “mayor problema” no porque sea difícil hacerlo, sino por la falta de compromiso del “cristiano” y su falta de estudio y conocimiento de Dios y de su Palabra.

Este versículo nos ayuda a definirlo también. Andar en Cristo significa andar conforme al Espíritu y no conforme a la carne. Es decir, no vivir como queremos, sino como Dios quiere para nosotros. No sólo en valores y en buena conducta, sino cumplir lo que dice Habacuc y Pablo: “el justo por la fe vivirá”.

Esto pone un alto muy grande a todas nuestras aspiraciones de hacer lo que queramos con la excusa de que no hay condenación, ni castigo, ni ajuste de cuentas sin importar lo que yo haga, pues ya pedí perdón a Dios y soy su hijo. La Biblia nos explica una y otra vez que su pueblo, sus hijos, sus amigos, sus amados son los que guardan sus mandamientos; no los que van a la iglesia o los que se dicen cristianos, sino los que dan su vida diariamente negándose a sí mismos, tomando su cruz y siguiéndole a donde los mande.

Yo no puedo usar mi libertad en Cristo para hacer lo que quiera y esperar que no tenga consecuencias delante de Dios, pues Cristo mismo nos dejó dos pautas para definir todo lo que hacemos: Ama a Dios con todo lo que eres y ama a tu prójimo como a ti mismo. En base de estas dos cosas podemos entonces tener esa libertad de actuar como queramos en Cristo, siempre y cuando andemos conforme al Espíritu y no conforme a nuestros propios deseos egocéntricos, orgullosos y egoístas.

Los que perseveren hasta el fin en esto serán los que alcancen la corona de vida; quienes cumplan con esta encomienda serán los escuchen las benditas palabras de la boca de nuestro Salvador: “Bien, buen siervo y fiel. En lo poco fuiste fiel y en lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu Señor.”